
Hay una frase que compartimos mucho estos días: «Ya toca volver». Volver a la rutina, a los horarios, a las reuniones, a las agendas exigentes. Volver a correr.
Y hoy me nace una pregunta que quiero compartir contigo: ¿de verdad quiero volver exactamente a ese lugar del que necesitaba descansar?
Quizá el verano no haya cambiado las circunstancias ni el contexto. Los trabajos siguen ahí, los compromisos también y septiembre llega con todo lo que ya sabemos que trae. Pero puede que, en medio de todo eso, algo sí haya cambiado: puede que hayas cambiado tú.
Quizá has descubierto que necesitas otro ritmo. Que echabas de menos conversar sin mirar el reloj. Que un paseo tenía más valor de lo que recordabas. Que necesitabas dormir, reír, estar sola o compartir más tiempo con determinadas personas. Que el silencio, del que hablábamos en agosto, no era un vacío que había que llenar, sino un lugar en el que volver a escucharte.
Y me parece que ahí hay algo importante.
Porque hacemos pausas, descansamos, cambiamos durante unos días nuestras rutinas y, sin embargo, cuando llega septiembre tenemos una enorme facilidad para volver a colocarlo todo exactamente como estaba. Los mismos horarios, las mismas inercias, las mismas urgencias, incluso las mismas maneras de estar. Como si volver significara necesariamente regresar a la casilla anterior.
Pero yo no quiero que volver sea eso.
Quiero volver a mí.
Y volver a mí no significa encerrarme en mí misma ni ponerme en el centro de todo. Significa reconocer desde dónde estoy hoy para poder estar también mejor con lo que me rodea. Preguntarme qué necesito, qué quiero cuidar, dónde quiero poner mi energía y qué cosas quizá ya no tienen que ocupar el mismo lugar que ocupaban antes.
Porque también nosotras cambiamos. Lo hacemos mientras vivimos, mientras queremos, mientras perdemos, mientras trabajamos, mientras cuidamos, mientras nos equivocamos y mientras aprendemos. Hay cosas que hace unos años eran importantes para mí y hoy ya no lo son tanto. Hay otras que antes apenas veía y que ahora se han vuelto imprescindibles. Y creo que una parte de vivir con conciencia tiene que ver precisamente con permitirnos reconocer esos movimientos.
No para reinventarnos cada septiembre. No necesito una «nueva Miryam» ni una lista de propósitos que en octubre ya no recuerde. Me interesa algo bastante más pequeño y, a la vez, más profundo: comprobar que la vida que voy construyendo se parece, al menos un poco, a la persona que soy hoy.
Por eso septiembre puede ser algo más que ese hito del calendario en el que volvemos a abrir agendas y organizar los próximos meses. Puede ser una oportunidad para preguntarnos cómo queremos habitarlos.
No se trata de hacer más. Ni siquiera necesariamente de hacer menos. Se trata de hacer con más sentido. No se trata de llenar la agenda, sino de intentar que esa agenda refleje la Vida que quiero construir. Desde mí. Con todo lo que soy y con todo lo que puedo ofrecer, con más presencia y más conciencia.
Y esto no siempre requiere grandes cambios. A veces empieza con algo aparentemente pequeño: conservar una caminata que me ha hecho bien durante el verano, proteger una conversación, dejar un hueco sin ocupar, atreverme a decir que no, recuperar algo que había dejado de hacer o decidir que una determinada persona necesita tener más espacio en mi vida.
Pequeños movimientos que, cuando se sostienen, empiezan a dibujar otra manera de estar.
Me gusta pensar en ellos como semillas. No porque sepamos exactamente en qué van a convertirse, sino porque elegimos conscientemente qué queremos cuidar. Plantar una semilla no significa tener resuelto el futuro. Significa decidir dónde quiero poner atención, tiempo y cuidado para que algo tenga la posibilidad de crecer.
No sé cómo serán los próximos meses. Ni falta que hace.
Pero sí puedo decidir cómo quiero entrar en ellos.
Volver. Sí. Pero volver a mí.
Y quizá este sea un buen momento para hacer algo con todo esto. No para convertir septiembre en otra lista de propósitos, sino para detenernos un momento y preguntarnos qué queremos cuidar de lo que ya está en nuestra Vida y qué queremos cultivar durante los próximos meses.
Nuestro tiempo, nuestros espacios, los pequeños rituales que nos hacen bien, las personas que queremos tener cerca, esos momentos aparentemente pequeños que no queremos que las prisas vuelvan a llevarse por delante. Y también aquello que quizá todavía es apenas una semilla, pero a lo que queremos empezar a hacer sitio para que pueda crecer.
Por eso he preparado un pequeño ejercicio con dos movimientos muy sencillos: CUIDAR y CULTIVAR. Una hoja para parar, mirar y elegir con un poco más de conciencia dónde quiero poner mi tiempo, mi atención y mi cuidado en este comienzo de curso.
Lo voy a enviar a través de la newsletter de Muxote. Si todavía no formas parte de la comunidad, puedes suscribirte aquí y te lo mandaré para que puedas hacerlo tranquilamente. Además, es allí donde comparto los ejercicios, descargables y pequeños regalos que van acompañando estos textos a lo largo del año.
No hace falta cambiar toda nuestra Vida en septiembre. Quizá sea suficiente con reconocer aquello que merece ser cuidado y elegir una pequeña semilla que queramos cultivar.
Y volver a ella de vez en cuando.
No para comprobar si hemos cumplido.
Sino para recordar cómo queríamos habitar este tiempo.

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