Junio me trae siempre a mi hermana. Quizá por eso hoy quiero hablar de las personas raíz.
A Lucía.
No porque nuestra relación haya sido siempre fácil. Quizá precisamente porque no lo ha sido siempre.
Somos muy distintas. Hemos tenido maneras diferentes de mirar, de responder, de estar en la Vida. Durante años, esa diferencia también nos rozó. Nos hizo discutir, alejarnos por momentos, no entendernos del todo.
Pero con el tiempo hemos aprendido algo importante: querer no siempre significa parecernos.
A veces querer es aprender a respetar la forma de la otra persona sin exigirle que sea como una necesita que sea. Y eso, que parece sencillo cuando se dice, no lo ha sido siempre.
Lo hemos tenido que aprender.
Con conversaciones. Con silencios. Con enfados. Con vueltas. Con humor. Con paciencia. Con mucho cariño. Con la decisión, a veces explícita y a veces silenciosa, de seguir estando.
Muchas veces nos dicen:
“Qué suerte tenéis. Qué bien os lleváis.”
Y nosotras solemos responder algo que cada vez me parece más importante:
“No es solo cuestión de suerte. Nos lo hemos trabajado.”
No todas las personas que han formado parte de nuestra raíz tienen que seguir ocupando el mismo lugar en nuestra Vida.
Algunas permanecen cerca. Algunas viven en la memoria. Algunas nos enseñaron algo importante, aunque hoy necesitemos distancia.
Y otras, como Lucía para mí, siguen siendo raíz viva porque hay algo que hemos elegido cuidar.
No solo porque venimos del mismo lugar. No solo porque compartimos historia. Sino porque seguimos eligiendo estar.
Con nuestras diferencias. Con nuestras formas distintas. Con lo que hemos aprendido. Con lo que todavía seguimos aprendiendo.
Porque hay vínculos que no permanecen solo por suerte. Permanecen porque se cultivan.
Lucía y yo nos cuidamos mucho. Estamos pendientes la una de la otra. Nos escuchamos. Nos buscamos. Compartimos cafés, llamadas, preocupaciones, alegrías, cansancios, celebraciones, días normales y días que pesan más.
Compartimos la Vida no solo cuando está luminosa, sino también cuando trae dudas, sustos, cansancio o ese tipo de momentos en los que una necesita saber que hay alguien al otro lado.
Y ahí, mi hermana se ha ido convirtiendo en algo que hoy puedo nombrar mejor: mi persona raíz.
Una persona raíz no es necesariamente alguien perfecto. Ni alguien con quien todo haya sido sencillo.
Es alguien que forma parte de nuestra estructura afectiva. Alguien que nos recuerda de dónde venimos. Alguien que guarda una parte importante de nuestra historia. Alguien que, de una forma u otra, nos ha sostenido.
Puede ser una hermana. Un hermano. Una madre. Un padre. Una amiga. Una abuela. Una tía. Una hija. Un maestro. Una persona que apareció en un momento concreto y dejó raíz.
No todas las personas raíz son vínculos fáciles.
Algunas tienen capas. Algunas traen amor y también heridas. Algunas necesitan distancia. Algunas viven en la memoria. Algunas siguen cerca porque hubo cuidado, conversación, respeto y voluntad de no romper del todo aquello que todavía podía crecer.
Por eso hoy quiero reconocer a esas personas que forman parte de nuestro suelo. Que han tejido algo en nosotras, en nosotros. Personas con las que quizá no siempre fue fácil, pero con las que la Vida ha ido construyendo una forma propia de cuidado.
Y quizá junio sea una buena excusa para mirarlo.
Para preguntarnos qué vínculos permanecen porque los hemos cuidado. Qué personas siguen cerca no solo por suerte, sino porque ha habido presencia, escucha, respeto, reparación y ganas de seguir compartiendo camino.
A veces cuidar un vínculo empieza por nombrarlo.
Y a veces, cuando lo nombramos, algo se recoloca dentro.
En la newsletter de esta semana te dejo el ejercicio completo para escribir una carta o una postal a una de tus personas raíz. Sin forzar. Sin adornar. Sin tener que explicarlo todo.
Solo para mirar con cariño ese vínculo y poner en palabras lo que quizá lleva tiempo esperando un lugar.
Eeeeegunon mundo.
Si hoy te apetece tener un detalle con esa persona raíz, puedes hacerlo aquí.

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