No me quites mi duelo

Hay temas que no se eligen. Te encuentran. Te atraviesan. Y cuando los miras de frente, ya no puedes no nombrarlos.

El duelo es uno de ellos.

Hace años leí una frase que desde entonces me acompaña: «No me quites mi duelo.» Me pareció una de las formas más hermosas de expresar algo que hacemos con demasiada frecuencia. Cuando alguien sufre, sentimos la necesidad de aliviar su dolor cuanto antes. Buscamos palabras que consuelen, soluciones que aceleren el proceso o gestos que hagan desaparecer la tristeza. Y, sin embargo, pocas veces nos detenemos a pensar que quizá lo que esa persona necesita no es dejar de sentir, sino sentirse acompañada mientras siente.

No escribo sobre el duelo desde fuera. Escribo desde dentro. Desde lo vivido, lo llorado y lo sostenido. También desde todos esos espacios en los que he tenido el privilegio de acompañar a otras personas y comprobar que el duelo está mucho más presente de lo que nos atrevemos a reconocer.

El duelo es la manera en la que la naturaleza sana el corazón roto

Mi manera de entenderlo no nace solo de los libros. Nace de México, donde descubrí una forma muy distinta de convivir con la muerte. Nace del último tramo de vida de mi ama y de mi aita, que me regalaron, sin saberlo, una de las lecciones más profundas sobre el amor, la despedida y la gratitud. Y nace de tantas conversaciones compartidas con personas que, en medio de su dolor, me han enseñado mucho más de lo que yo he podido ofrecerles.

Con el tiempo he ido comprendiendo algo muy sencillo y profundamente revelador: el duelo es la manera en la que la naturaleza sana un corazón roto.

Es un proceso profundamente humano y profundamente natural. Todas las personas atravesamos, o atravesaremos, distintos duelos a lo largo de la vida y, aun así, seguimos empeñándonos en acelerarlos. Queremos dejar de sentir. Queremos volver a estar bien cuanto antes. Queremos pasar página. Pero el duelo no entiende de calendarios ni de plazos. Necesita tiempo, necesita espacio y, sobre todo, necesita permiso.

Cada duelo es único. No hay dos iguales porque no hay dos historias de amor iguales. Cada persona encuentra su propia manera de sostenerse, de llorar, de recordar y de seguir caminando. No existe un camino correcto. Existe un camino propio.

Detrás de cada duelo hay una historia de amor, de vínculo

He aprendido también que detrás de cada duelo hay siempre una historia de amor. Un vínculo. Una presencia. Una huella que ha dejado marca. Por eso duele. Porque hubo vida compartida. Porque alguien o algo ocupó un lugar importante en nosotros.

Y precisamente por eso creo que es importante recordar que el duelo no pertenece únicamente a la muerte.

El duelo está en la Vida. Forma parte de ella.

El cuerpo cambia y ya no responde como antes.

Una maternidad no llega o se interrumpe.

Una relación termina.

Los hijos crecen y ya no necesitan nuestra presencia de la misma manera.

Un trabajo que daba sentido a nuestros días desaparece.

Una enfermedad cambia el horizonte.

Un proyecto al que dedicamos años deja de existir.

Y también hay momentos en los que dejamos de reconocernos en la persona que fuimos.

Todos esos procesos tienen algo en común: nos obligan a despedirnos de una parte de nuestra Vida para aprender a habitar otra distinta.

La Vida, en duelo

Hubo una idea que, cuando la comprendí, cambió mi manera de mirar todo esto. Comprendí que, a veces, no es la Vida la que se rompe; es la Vida la que se pone en duelo.

Por eso me parece tan importante nombrarlo. No para etiquetar el dolor, sino para darle un lugar. Porque aquello que no reconocemos termina buscando otras formas de hacerse presente.

Con los años también he descubierto que el duelo no solo necesita ser vivido; necesita encontrar una forma de expresarse. Cada persona la encuentra de una manera distinta. Hay quien escribe. Hay quien dibuja. Hay quien canta, camina, cocina o guarda silencio. Lo importante no es la forma. Lo importante es que el dolor encuentre un cauce.

Porque cuando encuentra un lugar donde poder salir, poco a poco empieza a recolocarse.

Quizá por eso muchas personas encuentran refugio en los dibujos de Muxote. No porque expliquen el dolor ni porque lo resuelvan. Un dibujo no elimina una ausencia. Pero, a veces, consigue hacer visible aquello para lo que todavía no tenemos palabras. Una despedida. Una huella. Un agradecimiento. Un amor que sigue estando, aunque la Vida ya no sea la misma.

Siempre he pensado que el lenguaje visual tiene esa capacidad. Hay experiencias que no necesitan más explicaciones; necesitan ser vistas. Cuando algo toma forma delante de nuestros ojos, también empieza a encontrar un lugar dentro de nosotras.

También he aprendido a escuchar las lágrimas. A no interrumpirlas. A no secarlas demasiado pronto. A confiar en que cada una trae consigo una historia, un recuerdo o una despedida que necesita ser atravesada.

Acompañar a alguien en duelo no consiste en tener respuestas. Consiste en saber quedarse. En no huir. En sostener sin invadir. En hacer sentir a la otra persona que no tiene que dejar de llorar para que podamos permanecer a su lado.

Quizá esa sea una de las formas más profundas de cuidar.

Escribo este texto porque sé que, antes o después, todas las personas conoceremos el duelo. Y porque me gustaría que, cuando llegue ese momento, pudiéramos tratarnos con un poco más de paciencia y un poco más de ternura.

El duelo no es lo contrario de la Vida.

Es una expresión del amor.

Es la huella que deja aquello que ha sido importante para nosotros.

Y, precisamente por eso, no necesita que intentemos eliminarlo.

Necesita tiempo.

Necesita cuidado.

Necesita presencia.

Y necesita que dejemos de pedirle que desaparezca para empezar a preguntarnos qué quiere enseñarnos sobre la vida que sigue latiendo.

Porque hay duelos que necesitan ser vistos…

Este es también uno de los hilos que atraviesa Habitar la Vida. Porque hay experiencias que necesitan ser vistas para poder ser habitadas.

Las ilustraciones que acompañan este texto nacen también de un lugar de escucha. Muchas de ellas son apuntes visuales realizados durante el Curso de Verano de la Universidad del País Vasco, un espacio al que vuelvo cada año para recoger, dibujar y ordenar aquello que va emergiendo en lo colectivo. Por eso muchas de las frases que aparecen en esos dibujos no son mías; pertenecen a las personas que generosamente las compartieron.

Este año volveremos a encontrarnos los días 10 y 11 de septiembre, en Donostia. Si este tema resuena contigo o sientes que este momento de tu Vida necesita un espacio donde ser mirado con cuidado, quizá ese también sea un buen lugar para seguir caminándolo. Puedes suscribirte aquí y seguir dándole lugar, a tu manera, a lo que necesita ser vivido y expresado.

Mientras tanto, ojalá sepamos ofrecer a quienes queremos, y también a nosotras mismas, uno de los regalos más difíciles y más necesarios: no intentar quitar(nos) el duelo, sino aprender a acompañarlo.


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