México me ha regalado muchas cosas: personas, paisajes, maneras de mirar, recuerdos que todavía siguen muy vivos en mí y también palabras. Palabras preciosas que se me quedaron pegadas y que, con los años, he seguido usando porque nombran cosas que aquí no siempre sabemos decir igual. De México me traje, por ejemplo, apapachar, una de esas palabras que ya siento completamente mías. Y también me traje otra que creo que incluso compartí hace años en algún dibumensaje: Jmuc’ubtesej O’tanil, una expresión tzeltal que habla de las personas que ensanchan el corazón de otras personas.
Desde que conocí esa idea vuelvo muchas veces a ella. Cuando miro mi Vida, puedo reconocer perfectamente a esas personas. No son necesariamente quienes han estado siempre, quienes más hablan o quienes ocupan más espacio. Algunas llegaron para quedarse y otras estuvieron durante un tiempo. Algunas siguen muy cerca y otras ya no están. Sin embargo, todas dejaron algo que continúa viviendo en mí.
Personas que nos ayudan a ver más
Hay personas que ensanchan el corazón porque nos miran de una manera que nos permite vernos mejor. Confían cuando nosotras todavía dudamos. Nos dicen una verdad que necesitábamos escuchar, aunque en ese momento no fuera especialmente cómoda. Nos ofrecen una mano sin decidir por nosotras y saben acompañar sin ocupar nuestro lugar.
También están quienes nos enseñan otra forma de mirar el mundo. Son personas que ponen una pregunta donde yo había colocado una certeza, que me acercan a una realidad que desconocía o me ayudan a salir de mi pequeño marco. Gracias a ellas descubro que la Vida puede ser entendida, sentida y habitada de muchas más maneras de las que había imaginado.

Y están, por supuesto, quienes simplemente están. Las personas con las que puedo sentarme a tomar un café sin tener que explicar demasiado. Las que saben escuchar mis entusiasmos y también mis cansancios. Las que celebran conmigo sin competir, se quedan cerca cuando las cosas se ponen difíciles o saben hacerme reír cuando necesito salir un rato de mí misma.
Con los años también he aprendido que no todas las relaciones importantes son fáciles. Algunas de las personas que más me han ayudado a crecer me han confrontado. Otras me han llevado a establecer límites o a preguntarme qué quiero y qué ya no quiero en mi Vida. Cuando puedo mirar esas relaciones con cierta distancia, también reconozco lo que me han enseñado sobre mí.

Recordar también es volver a pasar por el corazón
Noviembre siempre me lleva un poco hacia ahí. A recordar. Y recordar, para mí, tiene mucho que ver con volver a pasar por el corazón. Este mes me conecta especialmente con México, con el Día de Muertos y con esa manera tan vital de mantener presentes a quienes ya no están físicamente.
También es un mes atravesado por mi propia historia familiar y por personas que fueron fundamentales en mi camino. Su ausencia convive hoy con todo lo que me dejaron. Hace tiempo que entendí que el vínculo no desaparece cuando alguien se va: cambia de forma. A veces, incluso, sigue ensanchándonos muchos años después.
Por eso este noviembre no quiero hacer únicamente un ejercicio de agradecimiento. Quiero detenerme a reconocer quiénes son mis personas que engrandecen el corazón. Quiero pensar en quienes me han ayudado a ver más y en quienes me han animado a vivir con un poco más de libertad. También en quienes me han sostenido sin impedirme caminar o han despertado en mí una parte que todavía no conocía.
Cómo estamos en la Vida de otras personas
Y esta idea también me lleva a mirar cómo estoy yo en la Vida de las personas que tengo cerca.
Porque no habla solamente de lo que recibimos. Habla también de cómo estamos en la Vida de otras personas: de cómo escuchamos, cómo cuidamos, qué decimos y qué callamos. Me hace preguntarme si nuestra presencia permite que la otra persona sea un poco más ella misma o, por el contrario, la hace más pequeña. También si sabemos celebrar su alegría sin apropiarnos de ella, acompañar sus decisiones aunque no sean las nuestras y querer dejando espacio.


Cuanto más lo pienso, más creo que engrandecer el corazón tiene mucho que ver con abrir espacio y habitarlo de una manera que permita que la otra persona también pueda estar, expresarse y crecer. Significa hacer sitio para otra mirada, otra experiencia o una conversación que no habíamos previsto. También para la fragilidad, la diferencia, pedir ayuda y saber ofrecerla.
La Vida se va construyendo así. No solo a través de las grandes decisiones que tomamos, sino también por la huella de quienes pasan por nuestro camino. Muchas veces esas personas modifican, sin siquiera saberlo, nuestra manera de estar en el mundo.
Yo soy también todas esas conversaciones, esas miradas, esos abrazos y todas esas personas que me han mostrado posibilidades que no veía. Por eso una parte importante de vivir consiste, al menos para mí, en saber reconocerlas. No para idealizarlas, sino para agradecer su presencia y comprender cuánto de lo que hoy soy ha sido posible porque alguien, en algún momento, ayudó a que mi corazón tuviera un poco más de espacio.


Este noviembre quiero decirlo
Este noviembre quiero hacer algo muy sencillo: pensar en esas personas y, siempre que pueda, decírselo. No quiero dar por hecho que lo saben. Quiero nombrar lo que significan y contarles qué hicieron posible. También quiero recordar a quienes ya no puedo decírselo y seguir cuidando aquello que dejaron en mí.
Mientras hago ese ejercicio, quiero seguir aprendiendo a estar en la Vida de otras personas de una manera que ensanche, acompañe, cuide y abra posibilidades. Porque cuando alguien ensancha nuestro corazón, después de ese encuentro vemos un poco más y vivimos con mayor amplitud. Y quizá, de alguna manera, también nos convertimos en un lugar más habitable para otras personas.
Este mes quiero proponerte que tú también hagas ese recorrido. He preparado un pequeño ejercicio para conectar con las personas que han engrandecido tu corazón, reconocer lo que hicieron posible en tu Vida y, si puedes, agradecérselo.
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